• Por Donde Charlan El caminante y su sombra. R.I.R.Trigueros

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De recuerdo, Tus Labios…

De recuerdo, Tus Labios…

Una foto me has quedado

En el borde de la almohada, cerca

Muy cerca de mi rostro cansado.

La frialdad ha invadido tu espacio,

Hasta la luz entra tamizada en esta mañana

Corpúsculos atrapados en gotas de humedad creciente.

El queso enmohecido, comienza a perder su hedor

Un ratoncillo desconfiado me mira, asustado

Mientras da cuenta del trozo, duro y quebradizo

Nuestro hámster, me reías,

Cuando habitabas las sábanas de esta cama,

 Ahora retumba,

La sardónica carcajada, sin pertenencia.

Vueltas y vueltas, gira y gira, desollando el vinilo

Aquel tango, donde tus manos me asían, penetrando mi piel.

El claqueteo de la persiana, se mofa de tus, otrora, pasos

Un repiqueteo asíncrono e impreciso

Parece marcar el final del torbellino

Surcos vacuos, sin melodía, cuan mi cama huérfana

Campan en el centro, azabache rasgado

Ronroneando, afrentándose ante un desvalido amorfo

Un gurruño de piel y huesos que se deja morir.

Un cervato abandonado ante la jauría de coyotes carniceros

Apenas mis ojos son capaces de captar el desahucio

Van cayendo las encaladas paredes, dibujando apariciones

De formas grotescas, realzando la decadente afirmación

De que ya no estás

Donde sólo te pedí un recuerdo, esos labios rojos

Ese carmín enfebrecido.

Belleza Yacente…

Belleza Yacente…

En la hora de los cómputos

Te encuentro aumentada

Lánguida y gélida, cubriendo la estancia

Con tus labios afligidos, y tu aroma empapado

Mis ojos me acusan, me sancionan, me culpan

No puedo asirte con mis manos condenadas

Apenas soy capaz de mirarte

Un hálito, quiero tu aire

Y me abandonas, con el manto de luz por vestimenta

Nada queda, entre los tejares

Piezas destrozadas de mampostería, recubriendo tu ilusión

Quebrada por sanguinarias sanguijuelas

Equivocada la petición de ángeles

Vaticinio de cartas con hombres de negro y filos sangrantes

Luchas vencidas y derrotas anquilosadas

Muestra de injustas cuentas pagadas

Sino levadizo en la bruma de plenitud y desconsuelo

Otra mañana aciaga

Nunca más la melodía sonará con trinos de mirlos alelados

Con tu risa a carcajadas, a mandíbula batiente

Otro día, donde descorres un cerrojo de ida, sin vuelta atrás

Y egoísta me dejas, vagando por el terraplén de los moribundos

Llévame, arráncame el pecho, no te ensañes cuan si fueras orca

Sé malévola y hunde tu tenaza en mi cuello

Destroza mis articulaciones, mas no me dejes sangrando

En tierra de nadie…

Belleza Yacente, altiva hasta sin vida, tómame.

Hechicera…

 Hechicera…

He sentido tus curvas atenazar mi respiración

Sobrio me tenía, con la sequedad de mi garganta

Y una bruma ha absorbido mi visión cobriza

Linimentos, encantamientos, mi piel ungida

Apenas el rasante vuelo, el desvaído cuerpo me soporta

Observo satisfecho tu vientre rememorar danzas milenarias

Arremeter con tu tridente, incisivos y lengua voraz

Cátedra sientas en unas finas sábanas que adormecen mis muñecas

Atando mansamente mi sangre, bombeada lentamente

Golpeando las paredes de un entregado moribundo jubiloso

Hechizado por el resplandor de mi efigie en tus pupilas

Ciego de deseo y devuelto al primigenio ingenio

Libre, con pies fríos, cálidas nalgas me cabalgan y nada quiero

Soy vástago de idolatría, rompiente de mares encrespados

Final de un comienzo, nacimiento de raciocinios extintos

Hechicera, tachan tu nombre con órdagos y ancas de rana

Nada temo, soy añil en el reino de las cúpulas devastadas

Movedizas tierras yacen a mis pies, y no me tragan

Renacido, ungido, domado, por tan bella montaraz hechicera.

Tamaña Tozudez…

Tamaña Tozudez…

Acrisolados llevas los botines

Mas no los siento distantes.

Mi cercano pecho agujereado

Por tus afilados tacones, no supuran sangre

Palpita deseo, arrea su tozudez, arrastra sin condición

Tus mallas de altiva y montaraz refinada.

Agrietan la insoslayable oscuridad de la noche

Redondeces de taconeos sobre el granito pulimentado

Claquetean cuan si fuera la última función

Y la fusta siento desollar mi espalda

Y tiro de tus riendas, de tus cordajes luengos

Entre el chirriar de dientes que se enfrentan dolientes

Tamaño brebaje el que nubla la luz del crisol

Y mansa, cuan la fiera redomada

La atrevida felina que enseña las uñas a sabiendas

De relamérselas, y atrincherada en sus propios miedos

Dócil damisela que atesora la esperanza de ser montada

Relamida, quebrada en las contingencias de una lucha desigual

Donde los fluidos son salitrosos y los cuerpos se entregan

A ser estocados y envestidos con deseo, con fruición, con la calidez de ser poseído por las anémonas de su jardín interior

Nadie pestañea, ambos se saben ganadores, saciados, embebidos, rociados por los reflujos de la vida y la expiración

Uno tiraba, otra dejábase tirar, ambos se disfrutan entre sabores de saliva y melosas afrutadas, resarcidos de invenciones reales.

Quédate… Y Volaré.

Quédate… Y Volaré.

En el aire siempre te vi

Tu risa alocada, mis ojos acuosos

El sabor de la canela, sobre el dulce manjar de tus labios

Nata de dulce sabor, frescura manifiesta y preñez vital.

El desierto delante de nosotros,

Por amoblar

El mar crispado, rezumando ansias de humedad

Nuestro chalupa, deslumbrante, agitada por lanzarse

Las nubes, tontas, nubarrones proyectaban ser

Y el sol, rojizo lunar del añil  inmenso

Un nenúfar, rosáceo aposento de príncipes encantados

El chapoteo de las ganas, el deseo del equilibrio

Y me sujetas, no quieres palacios

Quieres palaciegos hombres, escurridizos amantes

Y me gritas, sin decir nada, dibujando en tu rostro una suplica

Quédate, no vayas, no te aventures

Nada deseo, que no sea, agua insípida,

Tomada de tus labios, elixir de sultanes y Taj mahal

Nada sueño, nada anhelo, más que al llamarte me acaricies

Con dedos ciertos…

Quédate me susurras, cuando nunca me he ido.

Pajarico de alas pequeñas y planear grandioso

Centinela de mis noches frías, y aire de las cálidas.

Quédate, rijosa entre mis piernas y volaré.

Desplazamiento al Negro…

Desplazamiento al Negro…

Estrujada contra tu cuerpo

Desgarrada por tu deslenguada educación

Entregada como novicia ante ti, su salvador

Candente como la piedra expulsada de sus entrañas

Desligada de la intemperie

Redomada con la fusta de lacerantes púas

Redimida de las garras de los lobos

Quedando aturdida por el sabor de la canela

Y el frío brebaje de malta, regaliz y limón.

Triste mi mañana, al sentir el abrazo del esparto

Atenazando mis protuberancias, alienando mi cuerpo

Invadiendo mis entrañas, con tus flujos y tu locuacidad

Abrasivo y mordaz tú, con tu hábito, con tu libro, con tu cara de cordero degollado

Sobre la acera, me han encontrado, cuentan los tabloides

Derrengada y abandonada, desnuda y perdida

Apaleada, desollada de piel y alma

Las alas arrancadas, querubín de tus oropeles

Todas sus caras apenadas, sus ojos lastimeros y rojizos en sus falaces miradas

Y yo sólo siento tu sabor a esparto de cordel agreste y quebradizo, negro sabor de tu desplazamiento hacia el abismo

Y yo sólo siento, cuan fácil me quemaste en la hoguera

Sabiéndome sin escoba ni patas de gallina, ni piel de sapo.

El Traje Nuevo…

El Traje Nuevo…

Entre anaqueles de níveo mármol

Me quedaste, con el sabor a limón de tus labios ausentes

Cargando mi espera con promesas de raso fruncido

Claqué sobre las tablas desplegabas

Y mis sentidos quebradizos, al sentirte atrapado en oropeles

De luces de neón y escanciadores de espirituosos ungüentos

Rasgué mis vestiduras para lamer mis heridas

Desnuda de cuerpo y alma, te veo llegar desvalido

Irascible mi pecho, ardiente mi encogida cueva

Danza entre rejas de tercios altivos

Sé de tu vuelta, escrito está en el fuego del advenimiento

Todo como al principio, cuando cantabas con la guitarra rasgada

Me ofrecías las puntas de tus dedos

Y me hacías girar, con sedas de segunda y delirios de postín

Me traes la seda curtida, el encaje entrometido, las blondas sugerentes

Y me palpas, me inquietas con pericias ignotas, me lames

Me siembras de ti, de cobrizo torso, de salado y dulce sabor

Me embebes cuan si fuera una esponja marina, del limo del océano

Y danzo con mi traje nuevo, aquel que me entregaron al nacer

Y me confortas de la misma forma, desnudos, empalados

Y estallando de complacencia, diluida entre las piedras gélidas

Porque ellas no saben de nuestro candor.